Ignacio Trías, servidor hasta el final


"No
somos insensibles… sino que Dios nos ha dado una heroicidad de que no
tenemos nosotros conciencia y dentro de breves momentos estaré en el
cielo, lejos de este mundo y cerca de todos vosotros".



Por: H. Federico Plumed Feced

 



Fuente: Libro Jóvenes Testigos de Cristo
José
María Montiu de Nuix (Coord.) - José A. Martínez Puche (Coord.),
Jóvenes testigos de Cristo. Ejemplos de vida y fe en nuestro tiempo, Ed.
Edibesa, Colección "Santos. Amigos de Dios"/10, Edibesa, Madrid 2010,
360 pp.

 



































Ignacio Trías, servidor hasta el final


Autor: H. Federico Plumed Feced.
Hermano marista, investigador y Premio martirial



 



Hijo de familia numerosa

Ignacio
Trías Bertrán nace en Barcelona el 24 de junio de 1919, el día de la
fiesta de San Juan Bautista y el padrino escoge para él el nombre de
Ignacio. Ya le habían precedido otros once hermanos y él ocupa el lugar
duodécimo. Le seguirán dos hermanos más, que conformarán una familia
numerosa de catorce hijos. Sus padres son cristianos fervorosos y en el
ambiente familiar se transmite la vida cristiana. Desde los cinco años a
los catroce vive con toda su familia en Canarias.

Permitidme que os relate algunas anécdotas de su vida de niño:

-
Había nacido su hermanito, que ocupaba el lugar decimotercero y se
encontraba en la cuna. Se queda mirándolo, lo contempla, le entrega su
chupete, se lo pone en la boca y le dice: “Ya es para ti, yo no lo quiero”. Ignacio desde aquel día dejó su chupete.

- Con su sonrisa contagiosa y vivaracha se hace el gracejo de los que le preguntan por su nombre: “Me llamo Ignacio Matías Matán, soy moreno y simpático. Sólo le faltaba añadir: “Para servir a Dios y a usted”.

-
Ignacio está en cama algo enfermo. Su hermana y su madre están hablando
entre ellas y continuamente Ignacio las interrumpe con sus preguntas
incansables: “Cállate de una vez”. Ignacio responde: “Ahora me voy a callar y me pondré a dormir hasta mañana por la mañana”.

-
Ignacio, cuando tenía unos ocho años, va al peluquero y éste le
encuentra toda la cabeza pintada de negro. No quiere decir lo que ha
hecho. Al fin confiesa: “Como la mamá no quiere que me ponga fijador, porque dice que soy pequeño, yo me he puesto betún. Así se aguantan”.

-
Estando en Canarias, Ignacio y un hermano suyo asisten a una fiesta en
el Colegio de La Salle. Es ya muy tarde y los dos no se presentan en
casa. Sus padres extrañados telefonean al Director del colegio, les
confirman que la fiesta había terminado hace ya mucho tiempo. Por fin
llegan los dos hermanos. Su hermano mayor se fue directamente a su
cuarto. Ignacio les explica a sus hermanas: “Hasta ahora nos han tenido explicando la vida y milagros de San Juan de la Salle”.
Una de sus hermanas cuenta que querían reñirles, pero les dieron
tanta risa que no fue posible y al fin Ignacio explicó y confesó: “Nos hemos ido al muelle a ver los barcos y como vimos que era tarde, todo se lo hemos cargado al Santo de La Salle”.

-
Cuando Ignacio hizo su Primera Comunión en la Iglesia de las Religiosas
Concepcionistas, le dijo a su hermana la noche anterior: “Estoy muy contento y pediré al Señor ser toda la vida bueno y fervoroso”.

-
Ignacio sale de la iglesia de la Compañía de Jesús y habiendo
contemplado la imagen de San Ignacio, su patrono, le dice a una de sus
hermanas: “Yo seré santo como él. Quiero que me pongan allí, en el mismo altar de San Ignacio”.

Ignacio
hace sus estudios en el Colegio de La Salle de Canarias. Pertenece a la
Congregación del Niño Jesús de Praga. A los doce años pasa a la
Congregación de la Inmaculada y San Juan de La Salle. Recibe la medalla
del Congregante. Cuando cursa el tercero de bachillerato se organiza la
Asociación de Estudiantes Católicos y le nombran delegado de clase. A
los catorce años regresa con toda su familia a Barcelona y continúa
brillantemente sus estudios de Bachillerato en el Instituto “Jaime
Balmes”, que justamente terminará en el mes de junio de 1936 a sus
diecisiete años.

Congregante emprendedor

Se presenta ante el padre jesuita de las Congregaciones Marianas con estas credenciales: “Soy
Ignacio Trías Beltrán, primo del padre Trías, jesuita. En Canarias fui
de la Congregación de la Inmaculada y San Juan de La Salle. He pedido
permiso a mamá para ser congregante y me lo ha concedido, pero como
somos diez hermanos, yo no podría serlo si la cuota fuera muy crecida”.


Abril-1934.
Ignacio con sólo catorce años de edad va al Catecismo del Centro San
Pedro Claver y se dedica en cuerpo y alma a los niños que le aman porque
él los ama, haciéndose uno de ellos, como dice el Apóstol.

8-diciembre-1934.
Le nombran Celador de Misiones y por Navidad participa activamente en
la venta de números para la rifa misional. Venden varios miles y el
Director General del Secretariado de Misiones Mossen Luis Homs Ginestá,
premia su labor con dos galardones. Mn. Luis y sus hermanos sacerdotes,
Ramón y José, fueron encarcelados en San Elías el día 6 de octubre de
1936 y martirizados en Moncada el 11 de diciembre de 1936.

Ignacio,
siendo estudiante de Bachillerato en el Instituto Balmes, provoca que
una mayoría de alumnos aporten de sus cortos ahorros el dinero necesario
para ayudar a la llamada del Hospital de San Pablo. Logran recoger el
dinero para costear el mantenimiento de dos camas del Hospital.

Curso 1935-1936.
Ignacio se ocupa de forma más intensa de la Congregación. Acepta un
cargo en el Consejo de Redacción del “Esclat” y siguió como fejocista
del grupo 90 “San Juan Bechmans”.

Un compañero de celda en la cárcel afirma de Ignacio: “La
nota dominante de él era la alegría. Su cara reflejaba el constante
sonreír de su espíritu. Su carácter afable, sencillo, alegre y optimista
me cautivó”.


El mismo Ignacio afirmaba: “No hay derecho a estar triste. Nadie debe estarlo y menos los jóvenes”.

20-julio-1936.
En estos primeros días de la Revolución crece su actividad apostólica,
que sólo la muerte logrará hacer parar. En el nuevo local, teníamos
objetos religiosas que ocultar, así como fichas y listados que debemos
destruir.

22-julio-1936. Toda la mañana ha sido de
actividad intensa. Por la tarde las turbas asaltan el local. Quedan
cosas que pueden comprometer y es preciso sacarlas. Ignacio se las
ingenia para que dos congregantes vigilen la calle, uno de ellos abra la
puerta y luego entren los tres al local. En una cesta de compra
cubierta de verduras sacan lo último de alto compromiso y se lo llevan.
Ignacio no quiere abandonar este local y logra que se incauten de él el
“Bloque Escolar Nacionalista”. Se hacen socios de esta entidad y tienen
acceso directo al local.

Tenía la Congregación otro local para
los pequeños, donde guardaban una imagen de la Virgen y la máquina de
cine. Ignacio logra que lo alquilen como almacén y así se salva todo. Se
apunta como Secretario de Mutilados de Guerra, que le abre camino para
conseguir ampliar su ayuda a sacerdotes, religiosas y monjas. Les
procura: 1º) Alojamiento donde esconderlos. 2º) Documentación para salir
de la España roja. 3º) Las formas para celebrar Misa (Le ha pedido a un
panadero el aparato para hacer formas). 4º) Vino de Misa que sea puro
(Les pone la excusa de que tiene un enfermo y le puede hacer daño, pero
se le dice “Mire, le voy a dar un vino que usaban esos frailes de
enfrente para Misa”. Justo lo que estaba esperando Ignacio).

Detenido dos veces

Acepta
el cargo de Subsecretario en el Patronato Pro-Mutilados, para gozar de
gran libertad de movimiento. Lo detienen el entrar al local, registran
su escritorio y es conducido a la Delegación de la Ronda de San Pedro
donde le piden declarar. Aquí le visita su hermano y le lleva comida. Se
niega y es incomunicado en el calabozo sin comer. Declara al fin, pero
no firma. Llevado al Palacio de Justicia, se encuentra con presos de la
FAI por los sucesos de mayo de 1937. Hace amistad con algunos y es
conducido al Preventorio “A”, Cárcel Modelo. Se le acusa de: socorrer a
personas perseguidas, ayudar a pasar la frontera, dar cartas de trabajo a
enemigos del régimen…

En la Modelo: “¡Sufro al ver la miseria
que hay dentro! ¿Creéis que se puede comer, teniendo al lado otro que
ayuna? No sabéis la pena que se siente cuando a uno le piden pan y no
hay para darle”. “Traedme pan y ropa”.


Hizo entrar
medicinas para los enfermos, formas y vino para la Misa, ya que había
muchos sacerdotes en la cárcel Modelo que la celebraban a diario.

14-agosto-1937. Ignacio sale de la Cárcel Modelo.

Verano
tranquilo de 1937 hasta que llega el gobierno de Negrín, los comunistas
y el SIM. En diciembre de 1937 detienen a su hermano Alejandro, a su
padre y a otros amigos, por el Tribunal de Espionaje y Alta Traición, y
son conducidos a la Modelo en la primera galería. Ignacio no quiso
esconderse, ni marchar de Barcelona.

13-enero-1938.
Es detenido por segunda vez al llegar al domicilio familiar. Llevado a
la Modelo, tercera galería. Comparten la misma celda de la quita galería
su hermano Alejandro, su padre e Ignacio hasta que el día 20 de abril
de 1938 han sentenciado al padre y a su hijo Alejandro a pena de muerte.
Alejandro es absuelto y llevado al Campo de Trabajo y su padre
condenado a treinta años.

23-abril-2938. Este día
de San Jorge, se produce un gran motín en la Modelo, provocado por la
FAI y Juventudes Libertarias, que incendiaron el centro y se adueñaron
del interior. Pretenden llegar al patio de salida, forzando las cancelas
y son reducidos por la guardia exterior. Desde ese momento nos sacan a
todos los comprendidos en edad militar, unos setecientos presos, de los
diecisiete a los treinta y seis años y nos dejan formados en el corredor
central, de pie desde las dos hasta las cuatro horas con nuestros
bártulos. El jefe nos indica que debemos caminar en silencio y sin
salirse de la formación, custodiados a ambos lados de la columna de
ciento quince filas de seis en fondo. “Tened presente que a partir de este momento, a donde vais sólo hay un castigo; pena de muerte”. Salimos caminando en formación muy custodiados siguiendo la calle Entenza hasta llegar a la Estación del Norte.

24-abril-1938.
Se nos manda subir a un convoy de antiguos vagones de madera, con
todas las ventanas cerradas y las persianas subidas. Arranca el tren a
las 8 horas y no para hasta Sabadell, donde tenemos el primer incidente
de la brutalidad de los vigilantes: Un preso baja la ventanilla, se
asoma al exterior y es fulminado por el disparo del “Matador”. Llegamos a
Cervara a las 18 horas y nos encierran dos días en la iglesia,
durmiendo en el suelo y pasando frío.

26-abril-1938.
Después de cuarenta y ocho horas sin comer nos dan una lata de carne
rusa en conserva para dos y el que pudo bebió agua. Seguimos en tren
hacia Bellpuig. Caminamos a marchas forzadas treinta y cinco kilómetros,
pasando por Belianes, Preixans y Maldá. Pies llagados, uñas caídas,
arrastrados para no ser golpeados o baleados. A las 20.45 horas llegamos
al Campo nº 3 de Omels de Nagaya. Alojados en un molino, dormimos
sentados unos contra otros. Se forman las brigadas y se inicia el
trabajo. A tiros y apaleados, golpeados en la cabeza y a culatazos.

29-abril-1938.
A los dos días de llegar al Campo Nº 3 el jefe Astorga manda dar un
paso al frente a los que por enfermedad no pueden trabajar. Hay un
primer intento de ser inyectados letalmente, de acuerdo con el
consentimiento del Dr. Juan Pujól, que se niega en rotundo: “Yo soy médico, mi misión es curar y no matar”.
Se opta por parte del jefe Astorga llevarlos secretamente en un camión y
fusilarlos entre Maldá y Belianes, habiendo cavado previamente su
propia zanja de enterramiento. Eran unas veinte personas.

7-mayo-1938.
A los diez días hay una fuga de un preso y se fusila a los cuatro de su
grupo, a los cinco del grupo siguiente y a los cinco del grupo anterior
en la tapia del Cementerio. Obligados a abrir su propia zanja. ¿Os
imagináis el estado de ánimo de los presos cavando su propia tumba?

Condenado

23-mayo-1938. Regreso a Barcelona desde el Campo de Trabajo Nº 3 de Omells de Nagay para ser juzgado.
“He pasado mucha hambre. He visto cosas tristes. He visto fusilar a
unos jóvenes y me ha llegado al alma. Yo quiero decir siempre la verdad y
la diré”.


25-mayo-1938. Ignacio es juzgado en el Palacio de Justicia y el fiscal pide para él y sus compañeros quince años de prisión. “A
mí me condenarán a muerte y me fusilarán”. “Madre, no desespere, suceda
lo que suceda. Si me ejecutan es que Dios lo permitirá así. He obrado
siempre con la mayor rectitud de intención. No me he dedicado al
espionaje: lo único que he hecho ha sido ayudar a quien me ha sido
posible, he salvado la vida de muchas personas. Estoy satisfecho. De ser
ahora, haría lo mismo”.


25-julio-1938. Los
condenados a muerte son conducidos a la galería de “Políticos”. Ignacio
acepta la pena de muerte, al principio con resignación, luego con
tranquilidad y gozo. Y la última noche con júbilo.

Animoso. Los quince últimos días

Del 25-julio 1938 al 10-agosto-1938.
El ambiente en la galería de “Políticos” cambió al llegar Ignacio. Se
organizan juegos, carreras y saltos de cuerda. Cada día sesión de
gimnasia y ensayo de comedias.

26-julio-1938. Lee
el oficial la lista del grupo que van a ser ejecutados. A la una de la
madrugada llegan las familias para hacer la última despedida. Dos
condenados se casan esa noche. Al amanecer, uno de los que iba a ser
ejecutado, sacerdote, les celebra la Santa Misa y comulgan los demás.
Los que se quedan con Ignacio rezan el Santo Rosario para sostener a sus
compañeros que serán ejecutados.

Por la mañana se celebra la
Misa y acción de gracias con las oraciones de la “Guía del Cristiano” y
por la noche rezaban el Rosario por grupos.

El día de San Ignacio escribió a su hermano Juan, que estaba en el frente nacional.

“Para
Juan: Que no se piense en hacer nada a nadie y que no se haga caso de
lo que expliquen. He obrado bien y con rectitud y de ninguna manera se
me pueden imputar hechos de otros. No tengo ninguna mancha de que
avergonzarme. Abrazadlo de mi parte. Es el destino de Dios. ¡Viva Cristo
Rey!”.


Sonriente. Última noche

10-agosto-1938.
Por la galería corren noticias tristes. El Consejo de Ministros ha
confirmado las penas de muerte, después del empate. El voto de
privilegio de Negrín ha inclinado la balanza hacia la ejecución. Serían
fusiladas sesenta y tres personas en Montjuïc. A las 12 de la noche lee
el oficial la lista de los treinta y uno que van a entrar en capilla.

“Rovira, este es el mejor momento para que me hagas el retrato, pues dejaré un buen recuerdo”.

Mientras dibujaba pude embeberme del rostro bondadoso y sereno de Ignacio, quien dentro de unos momentos sería mártir.

El
Vicario General, P. José María Torrent, filipense, fue a la Modelo para
que el mayor número de sacerdotes atendiera a los condenados. Confesó y
bendijo a Ignacio.

“Acaban de comunicarme que dentro de pocas
horas seremos ejecutados. Aprovechemos las pocas horas que nos quedan
de vida para prepararnos como es debido”.


Desde aquel momento le vimos sonriente, no perdió la calma y la serenidad, sino que recibió la noticia con gozo y alegría.

Cartas de Ignacio

“Amigo Jorge: No te escribí porque era demasiado lo que tenía que decirte. Me voy al cielo. ¡Por Cristo!
Jorge:
Te repito que no tengo palabras para decirte lo que siento. Trabaja y
prospera, sé feliz, da recuerdos a tus padres, a Nuria… a tus primas y
tíos. Que todos me perdonen y rueguen por mí, que yo también lo haré por
vosotros. Diles que no escribo, que no puedo. La hora está ya cerca de
mí… ya ser harán cargo. ¡Viva Cristo Rey! Un abrazo de tu amigo”.


Ignacio

“Amigo Santiago:
Gracias por tu carta y piensa que tu ejemplo ha servido de mucho para
mí. Que Dios te dé vida para que puedas dirigir la Congregación… pero
¿para qué hablarte? ¡ya sabes cuánto te quiero decir!... Muero por
Cristo, e intercederé por todos y por la Congregación.
Un abrazo de tu amigo”.


Ignacio

“Querida Rosita:
Me voy al cielo… ¿tienes envidia?... ¡No, eres demasiado buena! Te
prometo que rogaré por ti. Tú, ¿también lo harás? Un fuerte abrazo.
Recuerdos a todos los compañeros de Academia y a los Gutiérrez”.


Ignacio

“Estimado Agustín:
Me voy al cielo y espero de ti que procurarás seguir los dictados de tu
corazón de verdadero católico y te acordarás de mí, como yo lo haré de
ti. Te dejo el encargo de despedirme de todos”.


Ignacio

Las seis últimas horas

11-agosto-1938.
Eran las 12 de la noche. Cuatro celdas preparadas para capilla de los
que iban a fusilar. Unos oficiales, con linternas, leen los treinta y un
nombres y los llevan ocho a cada una de las cuatro celdas.

“Desde lejos les veíamos animosos. Empezaron a cantar: ‘Cristo vence’, el ‘Virolay’, ‘Cantemos al amor de los amores’, etc…”

A
las 3 de la noche llegaron los familiares para despedirse. Llegaron
también once sacerdotes para asistir a los condenados. Se reparte la
Comunión.

A las 4 de la noche Ignacio mandó llamar a su padre,
corre hacia él y se abrazan. Pone la mano en la espalda del padre y le
dice:

“Tú eres mi padre, y yo tu hijo. Bien sé lo que en estos
momentos quieres decirme, y tú sabes perfectamente lo que yo quisiera
decirte. No hemos de hablar largo rato. No es hora de pedirte perdón. Yo
he practicado todo el bien posible, y tú me lo has permitido. Estoy
satisfecho de lo que hice. No recuerdo haber dejado de hacer nunca
ningún favor que me hayan solicitado. Te digo que no me arrepiento de
nada de lo que he hecho. Si ahora tuviera que empezar, haría exactamente
lo mismo. Es posible que me haya equivocado, pero habrá sido siempre
con la mejor intención. Tampoco es hora de llorar, ya que tú sabes hacia
dónde voy, y yo también lo sé. Estoy contento, y tú también debes
estarlo de ver en vida a un hijo tuyo que será santo. Me voy
directamente al cielo. Aquí, ahora y siempre habrá mucho trabajo.
Pensaba trabajar mucho: desde el cielo trabajaré mucho más. El mayor
disgusto que tendría es que lloraseis mi muerte, de la que debemos estar
orgullosos”.


Ignacio trae en sus manos un ramo de flores artificiales que entrega a su padre y le dice:

“Padre,
entrega este ramo a María. Ella me lo envió. Que lo guarde: Ha estado
hasta el último momento delante de Jesús Sacramentado y es el último
objeto que mis manos han tocado”.


Le pregunta a su padre: “¿Qué hora es?”
- Las seis y media
“¿Las
seis y media? ¡No hay derecho! Llevamos una hora de retraso. Yo había
pensado: a las seis saldremos de la Modelo, a las seis y media en
Montjuïc. Entre pasar lista y ponerse bien como si a uno le fueran a
retratar, serían las siete. Por eso yo había encargado a mi hermano
Miguel, que ya está en el cielo, que me viniera a esperar en aquella
hora. Pero si llevamos tanto retraso, quizá se cansen de esperar y deba
hacer yo solito mi entrada en el cielo”.


Le dice su padre: ¿No recuerdas nada que decirme, algo que deba hacerse?

Ignacio contesta: “En este momento, padre, sólo me acuerdo del cielo”.

Ejecución

11-agosto-1938.
Son las 7.30 de la mañana. Suben los treinta y un condenados al camión.
En Montjuïc se juntarán con los treinta y dos que ya están en el Cuerpo
de Guardia esperando su fusilamiento. Serán sesenta y tres los
ejecutados, treinta y uno que procedían de la Cárcel Modelo y treinta y
dos que ya estaban en el Castillo de Montjuïc.

Ignacio no para de
animar y exhortar a todos sin hacer caso de las advertencias de
oficiales y guardias. Al arrancar el camión entonan el canto del Credo.
Al Castillo llegan cantando. Se encuentran con los demás, entre ellos
una mujer en avanzado estado de gestación. Se inicia el fusilamiento en
grupos de seis. Se forman diez grupos de seis y uno de tres. Sale cada
grupo de seis, del Cuerpo de Guardia y llega al Foso de Santa Elena.
Está lloviendo. Ignacio se encuentra entre los grupos centrales. Cada
condenado lleva en el bolsillo un papelito con su nombre para posterior
identificación. Desde el Cuerpo de Guardia se oyen las descargas e
Ignacio sigue animando sin desfallecer a todos, mientras les llega el
turno. Llaman a su grupo y no se inmuta. Bajan los seis hacia el foso
recibiendo ánimo y fortaleza por parte de Ignacio. Como canta el Oficio
de Vísperas de los Mártires: “A la manera de corderos ofrecen su
garganta a la espada sin quejarse ni murmurar. Un corazón sin miedo y
una conciencia serena le sostienen en sus sufrimientos”.
Por el
suelo se encuentran los treinta fusilados anteriores que chorrean
sangre. Se colocan los seis frente al pelotón de ejecución. Ignacio toma
el Rosario y grita: “¡Gloria a Cristo Rey!”.

Testimonio de su padre: “No,
fue otra cosa. Ayer mi hijo no era él. Se veía claramente que era obra
de la gracia. La gracia de Dios que obraba en Ignacio”.


Testimonio
del P. José María Torrent, filipense, Vicario General de la diócesis de
Barcelona, en la carta dirigida a la Secretaría de Estado del Vaticano:
“Sin que ello signifique disminución del mérito y virtud en los
demás ejecutados, merece citarse el joven Ignacio Trías Beltrán, de 19
años de edad, Prefecto de la Congregación Mariana Menor de los Padres
Jesuitas, centro y alma de los que hoy están trabajando a favor de los
pobres, especialmente sacerdotes, algunos jóvenes, que sin pertenecer a
ningún partido político, devotamente sujetos a la autoridad
eclesiástica, hacen verdadera y meritoria acción católica”.


El mismo P. José María Torrent dice a su familia: “No os vistáis de luto. No hay que llevar luto por la muerte de un mártir”.

Cartas de despedida

Escritas
a lápiz, con poca luz, la noche del 10 de agosto de 1938, víspera de su
inmolación, en una de las cuatro celdas-capilla para los condenados a
muerte, en la Cárcel Modelo de Barcelona. Se las entregó a su padre al
despedirse el día 11 de agosto de 1938 a las 5 de la madrugada.

Carta a su padre

“Querido
padre: no sufras. Estaré en el cielo y te veré. Piensa que tienes un
hijo que muere por Cristo. Él me fortalece, le siento, le veo y me llama
a Él.
¡Perdón! Sufres mucho por mi culpa, mas eres mi padre y sabrás comprenderme.
¡Llorad, pero con semblante alegre!
Un beso eterno es el que te doy. ¡Viva Cristo Rey!”


Ignacio

Carta a su madre

“Querida
madre. Me voy al cielo a reunirme con Miguel y los demás hermanos que
están esperándome. No me llore… sé que le pido un imposible. Llóreme,
mas con alegría. Piense que me voy tranquilo y que Dios me acompaña.
Perdóneme. ¡Sí, perdóneme! En estos momentos veo lo que es una madre y
que no la he amado como merece.
Usted, en su Rosario de cada día,
pondrá un Padrenuestro para mí. El Vicario General, P. José María
Torrent, me ha dicho que no nos hará falta. Dice que iremos al Cielo,
sin pasar por el purgatorio. ¿Qué más quiero?
El tanto lo que quiero
decirle, que no hallo la manera. Usted me ve y me sigue… Tengo una gran
satisfacción. No he negado ningún favor a nadie y perdono de todo
corazón al causante de mi muerte.
Un beso eterno de su hijo que tanto le ama. ¡Viva Cristo Rey!”


Ignacio

Carta a sus hermanos y cuñadas

“Queridos hermanos y cuñadas: Me voy… Consolad a mis padres y estar tranquilos por mi suerte, como yo lo estoy.
Me he portado muy mal con vosotros. Perdonadme, pues que no ha sido por mala voluntad.
Yo os acompañaré y velaré por vosotros, junto con Miguel y los demás que me esperan.
Quisiera deciros muchas cosas, pero ¿cómo?
Un fuerte abrazo y un beso de vuestro hermano que os ama”.


Ignacio

Carta a su amiga María

“Muy
apreciada amiga María: Momentos sensacionales son estos y no me olvido
de ti, que has sido tan amable conmigo al recordarme durante mi
cautiverio.
María, tenías razón: no somos insensibles… sino que Dios
nos ha dado una heroicidad de que no tenemos nosotros conciencia y
dentro de breves momentos estaré en el cielo, lejos de este mundo y
cerca de todos vosotros.
De todos prometo recordarme; mas a ti,
María… te prometo que el recuerdo tuyo será eterno. Aun he releído las
cartas y entre ellas las tuyas. ¡Qué consuelo! ¡Cuánto te las
agradezco!...
Pero Dios quiere que me vaya: ruega por mí, como yo también lo haré por ti.
Recibe el afectuoso recuerdo de un amigo que se va al lado de Dios”.


Ignacio

Carta a la señora que confiaba en su indulto

“Querida señora: ¡Volverás a vivir y disfrutar! Me decía.
Ahora más optimista y contento que nunca. ¡Ya ha llegado el momento próximo a la felicidad eterna!
Agradecido a las pruebas de estima que su familia me ha demostrado. Abrace a su marido de mi parte.
La Virgen le ayudará. Ahora seré yo el que rogaré por ustedes. ¡Viva Cristo Rey!
Reciba el beso de un amigo y servidor contento”.


Ignacio



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